Hace más años de los que quisiera, comprobé que la  vida no es otra cosa que una fantasía atomizada, asíncrona  y en ocasiones irreal, que suele tener como banda sonora una sinfonía inacabada. Un cúmulo de notas concatenadas, capaces de construir la mejor de las melodías y, a la vez, la más disonante de las armonías.

 

Supe que vivir, no es otra cosa que aventurarse en la travesía de lo imposible, atreverse a recorrer  los más agitados océanos y los más serenos mares. Subir a las más altas cumbres y recorrer los  valles más profundos. Vivir, sin duda, es la mayor de las aventuras que podemos acometer.

 

Aprendí que es un camino de ida y vuelta. Lo sé. Somos muchos los que  lo sabemos, lo he experimentado. Por eso, tengo la certeza de que a pesar de las batallas libradas en cada una de las encrucijadas del camino, a pesar de las maldiciones conjuradas y libre de las esclavitudes sufridas, habré de regresar al origen desnudo, desprendido de todas las riquezas y con las cicatrices de cada una de las heridas infligidas por los lacerantes pretéritos a los que sobreviví.

 

A pesar de este axioma vital, en la mayoría de las ocasiones actuamos como si el destino estuviera más allá de donde alcanza nuestra vista. Más allá de lo que es capaz de iluminar la luz que nos acompaña. Justo al rebasar el horizonte inalcanzable que se aleja a medida que recorremos el camino.

 

Sin embargo el camino tiene un componente hipnótico, excitante, en ocasiones sobrenatural que nos hace olvidar el retorno, que nos hace abstraernos de la necesidad de reservar tiempo para la vuelta. Caminamos siempre en dirección a un horizonte cambiante que muta en la medida que cambian nuestras emociones.

 

Volver nunca será una opción, regresar es una necesidad. Una necesidad de aquellos que, con un corazón valiente, se enfrentan a sí mismos y a los demás. Almas que solo se rinden a la emoción. Una necesidad para aquellos que construyen su patria en lo más íntimo, con sus afectos, donde nadie, a veces ni nosotros mismos somos capaces de llegar. Alli donde nos sabemos a salvo.

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© 2015 by Antonio Guerra