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“Sueños de luz” es la evocación de una imagen pretérita que un mediodía, hace varias vidas, quedó truncada a causa de un sueño que la vida hizo que quedara a medio soñar. 

Es la historia de un recuerdo con olor a dama de noche y jazmín, es la necesidad de restañar las heridas que provocaron en mí las ausencias a destiempo, es un intento de imaginar como hubieran sido las conversaciones que fueron abortadas y gestar las que ni siquiera fueron engendradas. 

“Sueños de Luz” es la necesidad de generar un universo en el que con toda seguridad hubiera germinado la emoción compartida.

Es el  momento de concelebrar, por primera vez junto al alma de quien nunca se fue, la liturgia que a pesar de haber quedado truncada en un pretérito imperfecto y a pesar de la  anacronía de sus postulados, empezaba a ayudar a oficiar como acólito, de una manera caótica, anárquica, y siempre por sorpresa, en ese templo íntimo que creaba en cada uno de los amaneceres y los ocasos que habían delimitado sus vidas.

Es la historia de una copa de vino, un libro y un tomate con sal que también quedaron sin referencia, sin camino que seguir.

Es la necesidad de transformar el dolor en esperanza y agradecer el patrimonio cultural e intangible que desde niño me fue transmitido.

“Sueños de Luz”  es un homenaje a mi padre a través del dorado de su copa de vino y lo que ella encerraba, a la tradición, a la cultura, a su misticismo y a las personas que la hicieron y la hacen posible. 

Es el recuerdo de la hamaca que quedó vacía.

Antonio Guerra